Al reflexionar sobre mi vida, quiero empezar con palabras de gratitud a mi Amado, Jesús. Todo lo que ha sucedido es para mí una prueba de Su presencia y Su guía.
Recuerdo el pensamiento que se apoderó de mí tras entrar en el convento: qué simple y fácil es mi vida, qué afortunada soy y cómo todo me sale bien... una familia completa; cada etapa de mi educación la empecé y terminé sin obstáculos, y ahora, la vocación...
Esto muestra con claridad que entonces yo era muy poco consciente. En realidad, también me venían otros pensamientos, más profundos y sutiles, a los que no daba importancia: ¿por qué me siento constantemente mal? ¿Por qué no sé entablar relaciones personales profundas, por qué me inquietan? ¿Por qué me duele tanto cuando los demás me juzgan, sea positiva o negativamente? ¿Por qué la gente es poco amable conmigo? Ahora puedo responder: no notaba la amabilidad humana. Algún tiempo después, esas preguntas se volvían más insistentes, más atormentadoras; me destruían por dentro. Crecía la soledad, la sensación de extrañamiento y, finalmente, el miedo. Poco a poco comprendí que había surgido un problema que debía afrontarse en serio, y que las conversaciones ocasionales con la superiora no lo resolverían. Tras varios años de lucha interior, empecé una terapia de grupo.
Solo entonces, en la terapia, comprendí plenamente que mis recuerdos de la infancia habían sido falsos. En mi familia completa, que entonces vivía con holgura, se ocultaban dramas pequeños y grandes. No los describiré, por dos razones. Primero, sería inútil añadir otro guion bien conocido. Segundo, quería subrayar otra cosa, porque otra cosa es para mí un valor. Ese valor es la posibilidad de crecer, de salir de la crisis, del desarrollo interior. Soy religiosa, y por eso mi crecimiento en el plano del desarrollo humano -más exactamente, psicológico- debía ir, y fue, en paralelo con el desarrollo espiritual; me abría a recibir la gracia. Probablemente toda terapia vivida con fruto contiene un elemento de apertura a la guía de Dios, pero para mí eso fue especialmente importante y, por así decir, programático. Esos dos planos, en mi historia personal, se tocaban y se penetraban continuamente. De esto quiero hablar.
El tiempo de la terapia fue muy duro para mí. La dificultad estaba en unir las exigencias de la vida con el agotador estudio de comprenderme y presentarme. Ya el mero hecho de que antes nadie en mi comunidad hubiera participado en una terapia de grupo, y de que por ello muchas hermanas no me comprendieran o simplemente no quisieran, era ya un desafío bastante grande. Comprendía la inquietud de mis hermanas, aunque entonces aún no sabía mostrarles que las comprendía. Por otro lado, estaba segura de haber elegido el camino correcto, y de que todo deseo mío de orden es, en esencia, el deseo de Dios. Trataba de no perder de vista la meta: estudiarme a mí misma para servir a Dios y a las personas más plena y mejormente. Era, por supuesto, una meta urgente: afrontar el dolor interior, librarme de él o al menos colocarlo en algún lugar con sensatez. Sin embargo, sabía que era una meta temporal, y quizá más un medio que una meta.
Las cargas de la terapia estaban también en reconocer la verdad sobre mí y mi familia, en aceptar el diagnóstico que oí. En efecto, me costó desprenderme de la etiqueta de familia respetable, renunciar a su buena reputación y, quizá aún más, a la mía. Pero al final tuve que ceder al peso de los hechos: sentí demasiado sobre mí las consecuencias de mi vida anterior. El deseo interior de verdad era muy fuerte, y se convirtió en el comienzo de mi regreso, pues así defino este agotador trabajo terapéutico.
Los frutos de la terapia me sorprendieron. Ante todo, pasó el tiempo en que culpaba a mis padres de mi sufrimiento interior; comprendí pronto que el pasado ya no me afecta tanto como podría parecer, y como en el fondo me resultaría cómodo, y comprendí que en muchos casos la calidad de mi vida depende de mí. Así, la experiencia de la terapia se convirtió para mí en la experiencia de mis propios apegos y omisiones. Quizá esos apegos sean propios de muchas personas, pero yo tenía un motivo añadido para alimentarlos: el mal que me hicieron. Un gran punto de inflexión fue para mí liberarme de esas cavilaciones, y a la vez pude gobernar con alegría mi vida, también la interior. De repente resultó qué gran don es para mí el libre albedrío, sostenido por el Espíritu Santo.
Aprendí a gobernarme y a trasladar mi atención, mi principal punto de interés, de mi sufrimiento al mundo exterior y sus necesidades. Llegó una respuesta a las preguntas planteadas al principio: preguntas sobre el malestar, la ausencia de relaciones y de amabilidad humana. La respuesta era: estoy demasiado centrada en mí misma, me detengo en mis agravios y soy incapaz de notar y vivir otra cosa. Comprendí que no se trata de librarse del sufrimiento, sino de no concentrarse en él, y entonces, paradójicamente, se aplaca. Además, ese sufrimiento se puede confiar a Jesús: es realmente una posibilidad concreta. El versículo del Salmo 18 se hizo vivo para mí: «Señor, mi Dios ilumina mi oscuridad.» Solo Jesús, mi Señor y Dios, sabía qué significaba «mi oscuridad» y cuánto me da al iluminarla. Ese conocimiento exigió un enorme trabajo y duró muchos años, y en realidad continúa. Cada victoria confirma que valía la pena emprenderla, porque la ganancia supera muchas veces el esfuerzo.
El segundo fruto importante de la terapia fue la experiencia del perdón. Al principio luchaba con la tristeza y el dolor que volvían. Llegó un día en que comprendí que también el perdón es una decisión de la voluntad; su dinámica es distinta de la de los sentimientos. Los sentimientos pueden volver, pero, ante los pensamientos que empiezan a recordar situaciones dolorosas, la voluntad puede decir «basta», esto ya no está, esto ya está perdonado. Tras un tiempo de esa práctica resultó que incluso mis sentimientos son capaces de ceder y aquietarse poco a poco, si así lo quiero. Recuerdo que fue para mí un descubrimiento extraordinario, tras el cual empecé a pedir a Jesús que me diera, en cada situación, tiempo para mi reacción, para que hubiera menos de lo inesperado en mi vida. Aún no sabía reaccionar bien de inmediato. No se trataba de perdonar lo que fue en el pasado, sino más bien lo que es ahora, y de que el corazón esté libre de rencor hacia nadie, en cada instante libre para Jesús. Mi susceptibilidad a los agravios y mi sensibilidad fueron y son un gran desafío, pero no uno que el Espíritu Santo no pudiera afrontar.
Un aspecto importante del perdón es para mí también renunciar a esperar agravios en el futuro, es decir, vencer la sospecha y la desconfianza hacia los demás. Recuerdo un momento en que, durante la oración, decidí que no dejaría que mi miedo gobernara mi acción exterior concreta, mis relaciones con las personas. Esa decisión venía de Jesús, y Él me bendijo, porque después me convencí de que es mejor exponerse a la ingenuidad que acusar a alguien injustamente aunque sea una sola vez. Defendiendo a otra persona, siempre sentiré paz; acusando, nunca. Ese descubrimiento fue una clara sanación del pensamiento y la imaginación y, en cierta medida, también de la voluntad.
Aquí interrumpo la descripción de mi camino. Digo interrumpo, y no termino, porque esta historia aún no ha concluido. Soy consciente de que queda mucho por hacer, y de que el Señor me ha preparado abundancia de gracia. Ya sé que un conocimiento profundo de una misma da sabor a la vida, y hay que aspirar a él. Nunca me libraré de mis puntos sensibles, que se hieren con facilidad, pero ahora esos puntos son como estigmas; por ellos me parezco a mi Amado crucificado: ahí está el lugar para el encuentro más íntimo. Él me enseña a no centrar la atención en mí misma y en mi sufrimiento, y en esto quiero parecerme a Él.
Sé que volveré a sentir la gracia. Lo sé, porque me lo dice mi experiencia; Jesús nunca me dejó sin la posibilidad de resolver algún problema, siempre que veía que yo estaba dispuesta a aceptar Su solución y de verdad la pedía. Muchas veces sentí que esperaba mi consentimiento, mi apertura, para entrar en mi corazón y colmarme con generosidad. Estoy segura de que en adelante será así.