Mi padre es muy alto; recuerdo cómo lo miraba cuando era una niña pequeña. Era perfecto. Cargaba diez mochilas, sonreía a todos y preparaba patatas fritas para todas mis amigas. No es de extrañar que todos a mi alrededor me dijeran la suerte que tenía de tener un padre tan estupendo. En efecto, estaba muy orgullosa de él, igual que mi hija está ahora orgullosa de su abuelo.
Este padre maravilloso tenía otra cara de la que yo me avergonzaba, y no entendía cómo era posible que aquel hombre fuerte estuviera tumbado en la alfombra, derribado por el alcohol. No entendía qué le ocurría: el día anterior jugaba conmigo y hoy yo lo esperaba, sabiendo que volvería tarde, apestando y quizá gritando.
No podía comprender cómo aquel padre comprensivo y cariñoso, de repente, se expresaba con vulgaridad, insultaba a mi madre y gritaba. Hoy tengo más de 30 años y sigo entendiendo muy bien a aquella niña que amaba a su padre y sufría al verlo borracho. Sé que mi infancia moldeó mi personalidad, mis fortalezas y mis debilidades. Mi madurez sigue en marcha, porque cada día me lleva a analizar mi comportamiento y a conocer la verdad sobre mí misma.
Primera verdad - Descubrir mi feminidad
Durante mucho tiempo no supe por qué mis relaciones con los compañeros eran solo amistosas, siempre con cierta distancia. Solo tenía amigos del círculo de «Oasis» y no veía nada malo en ello. En cuanto percibía un interés más profundo hacia mí, huía. Cubría mi cuerpo con faldas largas y blusas de manga larga. No quería provocar a nadie. El cuerpo de la mujer lo asociaba con el mal, y durante mucho tiempo no descubrí por qué. Me llevó muchos años superar las palabras de mi madre, que sospechaba que mi padre tenía contactos sexuales con otras mujeres. Yo pensaba que los contactos sexuales nacían de instintos primitivos.
Creía que no eran agradables, así que me protegía. Siempre pensé que los chicos solo tenían malas intenciones. No quería que me usaran, soñaba con un buen príncipe de cuento y lo convertía en alguien inalcanzable. Al final conocí a alguien con quien no tenía miedo de formar una familia. Hoy estoy felizmente casada, aunque atravieso dificultades. Muchas veces me duele hacer infeliz a mi marido como hombre, porque no me comporto como una mujer. Sé que mi esfera sexual está alterada, y por eso hemos sufrido mucho juntos. Creo que hay esperanza para nosotros, y los años de matrimonio demuestran que el único remedio eficaz para mis miedos es la ternura, la sensibilidad y la comprensión de mi marido.
Segunda verdad - Descubrir a la adulta
Vivir en una familia con problemas de alcohol es la razón por la que siempre me esforcé tanto. Fui una activista, primero en la universidad y luego en el trabajo. Pensaba que el afecto de la gente había que ganárselo. Cuando fracasaba, quemaba mis puentes. Durante mucho tiempo no creí en la amistad ni en el amor desinteresado. No sé cuándo descubrí que una persona madura debe enfrentar el miedo y aceptarse a sí misma, aceptar la realidad. Intenté olvidar mis reacciones defensivas de la infancia. He identificado mis talentos, siento que me estoy desarrollando. Me cuesta trabajar sobre mi radicalismo, mi orgullo y todas las formas de egoísmo. Cuando oigo una opinión negativa, quiero huir y no tomármelo a pecho. Mi maduración continúa, pero no estoy sola.
Tercera verdad - Soy la hija amada de Dios
La verdad de que soy una hija amada de Dios siempre estuvo en mí. Lo sabía ya de niña, cuando añoraba a mi papá. Sé que cuando yo lloraba, Dios lloraba conmigo, y que fue Él quien traía a casa a mi padre borracho. Velaba por mí y por él. En los años siguientes me permitió experimentar Su presencia. Obró maravillas en mi familia y en mi matrimonio. Convirtió la dolorosa experiencia de la traición en un paso más hacia la madurez. Me permitió redescubrir el secreto del sacramento del matrimonio. Me dio un amor que no es una palabra vacía, ni una emoción, sino un sentimiento de perdón y de permanencia.
Con todo mi corazón le doy gracias por el don de la maternidad. Sé que solo gracias a Su amor perfecto puedo amar a otra persona con tanta fuerza que podría dar mi vida por él.